Son muchos los esfuerzos y
sacrificios que realizan las escuelas y las familias con sus menores, para que
sean mejores personas y mejores ciudadanos. Por ejemplo, muchas familias
piensan, desean y luchan para que sus hijos tengan la oportunidad de estudiar
más de lo que ellos estudiaron y optar a un puesto con unas condiciones
sociales y económicas mejores que la que ellos tuvieron.
El éxito escolar es de
todos, y la responsabilidad de conseguirlo también es de todos. Aunque el
alumno es el beneficiario directo de las inversiones y acciones educativas que
se realizan (es quien obtiene un título, quien aprende, quien adquiere unas
competencias y dominios esenciales para su vida…), también las familias y el
profesorado, tras no pocos esfuerzos, contribuyen al éxito escolar y se sienten
recompensados y satisfechos cuando hijos y alumnos progresan. Este éxito se
extiende también a la sociedad ya que habrá cumplido con sus pretensiones de
educar adecuadamente a sus futuras generaciones buscando su propia
consolidación, crecimiento y desarrollo social.
La finalidad de la
educación, en sentido general, es la formación del individuo en todas sus
dimensiones, intelectual, físico, social, cultural, tal que pueda integrarse
adecuadamente a la vida futura.
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